En nuestros días existe una hiperpolitización de lo cotidiano en la que cualquier interés o elección, ya sea de música, cine o, en tiempos de Mundial, equipo de fútbol, te ubica en el "lado bueno o malo de la historia". Esta hiperpolitización ocurre principalmente en lo simbólico, ya que lo material está fuertemente blindado. Las grandes decisiones político-económicas se presentan como neutrales e intocables, mientras que la política se refugia en el consumo cultural, otorgándonos soberanía sobre lo irrelevante.
No porque la cultura sea irrelevante en sí misma, sino porque se nos ofrece como el único campo de disputa posible, mientras lo material, lo que da forma a nuestra sociedad, permanece sellado. La contradicción sistémica pasa a ser un dilema de conciencia personal.
Este enfoque, lejos de ser transformador, confluye en una postura performativa que en nada toca las raíces prácticas que le dan forma a nuestro orden social. Emana desde las personas hacia sí mismas y a los demás, para justificar su individualidad desde lo moral. No se toma una decisión de apoyo por la posibilidad de cambio que eso entregue, sino más bien por lo que dice de mí como persona. Todo se trata de "mi identidad": qué es lo que condeno, qué es lo que me indigna y cómo muestro virtualmente esa postura. Al fragmentar la política en identidades morales enfrentadas, se disuelve su arraigo en la realidad. El problema es personal, no estructural. Lo que se debe combatir pasa a ser el otro, el vecino o vecina con un gusto moralmente cuestionable.
Lo que más incomoda de todo esto es la necesidad de entender que la política no está hecha para buscar ni declarar quiénes somos, sino para decidir cómo vivimos en sociedad.
La exigencia de posicionarnos en cada gusto, en cada camiseta, en cada canción no es profundización democrática, sino su sucedáneo. Nos da la ilusión de decisión para ocultar que lo realmente decisivo es intocable por diseño. No se trata de negar la legitimidad de las luchas por el reconocimiento, ni de despreciar el deseo de comunidad que el fútbol o la cultura popular pueden ofrecer, sino más bien de precisar su real alcance y limitaciones. Lo performativo, sin crítica estructural ni una práctica fuera de lo virtual, legitima una política de bajo costo que está en función de lo individual y, con ello, favorece la reproducción de la hegemonía cultural impuesta desde arriba.
Sin embargo, la hegemonía no opera como una imposición vertical que recibimos pasivamente. Más bien, funciona en ambos sentidos, de una manera asimétrica: toma nuestros deseos —el deseo de pertenencia, de identidad, de ser vistos, etc.— y los reorienta hacia el consumo cultural y la performatividad moral. No nos obliga a elegir entre identidad y política: nos convence de que la identidad es la política. Así, nos moviliza en un sentido que no busca articular ambas en un proyecto común de transformación social, sino que derechamente elude esta contradicción.
La trampa no es elegir un equipo, sino confundir esa elección con un acto político. La trampa no es tener preferencias estéticas, sino creer que esas preferencias nos redimen o nos condenan, y que además nos eximen de la responsabilidad de analizar la realidad más allá de nuestro posicionamiento personal.
"No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia".