Echevarria Nicolás
nicolasechevarriaa@gmail.com
Resumen
Sabemos que cada época supo imponer un concepto de sujeto acorde, adaptado a su época y sus demandas. Nuestra tarea en el siguiente texto es analizar al sujeto que el capitalismo contemporáneo está moldeando. Nuestro análisis revisará la tendencia destructiva que se aloja de antaño en el capitalismo y para ello tomaremos la pulsión de muerte que caracteriza a este sistema, desde el libro La sociedad autófaga del filósofo alemán Anselm Jappe. Nuestro recorrido dará con el carácter narcisista del sujeto contemporáneo y su relación directa con dicha pulsión. La forma-sujeto que el capitalismo configura en nuestro tiempo es aquella que pretende afirmarse desde la individualidad, la desmesura y la autodestrucción. Intentaremos dar cuenta de estas operaciones a partir de sucesos cotidianos donde creemos que se está configurando una subjetividad narcisista.
Palabras clave: capitalismo, sujeto, narcisismo, contemporáneo.
Introducción
El capitalismo supone un modo de producción donde la única finalidad es el incremento incesante de riquezas. Desde sus inicios, a partir del “descubrimiento” de América, su apogeo en el siglo XIX hasta nuestros días, el capitalismo ha tenido como única actividad la acumulación de riquezas. Esta acumulación, claramente, no fue fácil y siempre tuvo un trasfondo de muerte, según Marx: “como se sabe, en la historia real el gran papel lo desempeñan la conquista, la subyugación, el despojo, en una palabra, la violencia” (Marx, 1990, p. 653).
El capitalismo nos da un sujeto acorde a la finalidad de este sistema económico. “El arquetipo sería el accionista que invierte su dinero en una empresa y espera por ello una remuneración. (…) El pequeño inversor, el ahorrador que no quiere que su dinero duerma sino que se multiplique” (Boltanski, 2002, p. 37), podemos pensar también en la figura del burgués dueño de los medios de producción. El sujeto del capitalismo es un sujeto que pretende proteger sus riquezas e incrementarlas inagotablemente. No hay otra actividad posible que la de aumentar el dinero de la cuenta, las propiedades y el placer de uno mismo. “La acumulación de dinero (valor) no puede apagarse jamás porque el dinero no tiene como función colmar una necesidad precisa. La acumulación de valor, (…) no se agota cuando el ‘hambre’ ha quedado saciada, sino que vuelve a ponerse en marcha de inmediato en un nuevo ciclo ampliado” (Jappe, 2019, p. 12).
El sujeto del capitalismo contemporáneo
En nuestra época la forma-sujeto del capitalismo contemporáneo es la de un sujeto que se pliega sobre sí mismo con el afán de aumentarse, no solo aumentar sus riquezas, sino que está envuelto dentro de sí y la aspiración, desde esta postura, sería la de aumentar su presencia individual en el mundo. Es, él mismo, su propia frontera ante el mundo exterior, mundo que ya, al parecer, no necesita en la medida que este disminuya su persona, su yo. Jappe indica que el sujeto que se encuentra en nuestra época corresponde a un sujeto-narcisista que ha jerarquizado su presencia y tiene como único telos aumentarse.
El narcisismo como concepto psicoanalítico, tomado a partir de Freud, presenta dos estadios, que explicaré brevemente, uno primario y otro secundario. Del narcisismo primario debemos decir que es el necesario para la autoconservación primaria, donde se produce la primera identificación en el desarrollo psíquico del niño, es, en última instancia, el equilibrio pulsional entre amarse y amar. “El narcisismo, en este sentido, no sería una perversión, sino el complemento libidinoso del egoísmo inherente a la pulsión de autoconservación, de la que justificadamente se atribuye una dosis a todo ser vivo” (Freud, 1992, p. 71-72); podemos decir que nos encontramos con un narcisismo mesurado y necesario para soportar la relación del yo con el mundo o con el objeto exterior. Ahora bien, el estadio del narcisismo secundario es aquel que pretende la renuncia de lo exterior (objeto) en un retorno al individuo mismo, hacia uno mismo, lejos del mundo y sus estímulos.
“Así, con el nacimiento pasamos del narcisismo absolutamente autosuficiente (primario) a la percepción de un mundo exterior variable y al inicio del hallazgo de objeto, y con ello se enlaza el hecho de que no soportemos el nuevo estado de manera permanente, que periódicamente volvamos atrás y en el dormir regresemos al estado anterior de la ausencia de estímulos y evitación del objeto.” (Freud, 1979, p. 123)
Entonces el narcisismo secundario sería aquel que huye de los objetos, aquel que no soporta que su personalidad se vea enfrentada a las resistencias del mundo y de las personas, ya que estos representan la pérdida de su ganancia placentera, así lo expone Freud: “La libido sustraída del mundo exterior fue conducida al yo, y así surgió una conducta que podemos llamar narcisismo secundario” (Freud, 1992, p. 72). Lo que tenemos, entonces, es un sujeto que percibe los objetos exteriores como una pérdida de autonomía insoportable, es por eso que el sujeto narcisista se repliega sobre sí mismo: “evidentemente los objetos (personas incluidas) son percibidos, pero sin que el sujeto invista su libido en ellos, o haciéndolo bastante poco. Esta queda concentrada en forma excesiva en el sujeto” (Jappe, 2019, p. 107).
El sujeto narcisista no respeta a los objetos —mundo y personas—; con ellos solo mantiene relaciones efímeras o pseudo relaciones, no deposita afectos ni responsabilidad, solo gestiona su libido, su placer, invertido en el objeto con el fin de llevarse una ganancia; detectamos el modo de operar del capitalismo en esta acción. El narcisista se hace del mundo, de las personas, vive “anexionándose los objetos exteriores y negándoles toda autonomía” (Jappe, 2019, p. 108). Las cosas para el narcisista tienen que ser tal como él es, el mundo debe ser un espejo que le devuelva su imagen, su presencia debe ser constantemente confirmada y los objetos tomados por este deben someterse a sus pretensiones, sus placeres, a su yo que está sublimado en todos los objetos. Así, en esa gran góndola que suponen las aplicaciones de citas, por ejemplo, el narcisista anexiona los objetos a su antojo. Esto lo notamos también en la gestión política o la administración financiera donde el capricho narcisista, actitud propia de un niño que no logra contener sus impulsos, aflora en la vida adulta. Basta con ver los exuberantes gastos sin sentido de los famosos, los potlatch1 virales donde se destruyen objetos de valor para demostrar riqueza o las actitudes aniñadas de los mandatarios. Jappe sostiene lo siguiente:
“El perfecto sujeto capitalista se comporta a menudo como un niño en lo que refiere al consumo, pero a veces también en lo que atañe a la gestión de las cosas. Antes se podía acusar al capitalismo de reprimir al niño que cada cual llevaba adentro; hoy hay que acusarlo más bien de infantilizarnos” (Jappe, 2019, p. 207).
Esto se vuelve un problema para el sujeto narcisista del capitalismo contemporáneo ya que la insaciable búsqueda de afirmar su presencia lo expone a frustraciones. Cuando el objeto exterior se presenta determinantemente, el narcisista despliega un rabioso malestar: “Freud no sugiere a los hombres que podían vivir en armonía con dicha sociedad; les propone solamente limitar sus satisfacciones pulsionales a fin de no verse implicado en un conflicto devastador para el individuo” (Jappe, 2019, p. 126). No poder ser o hacer lo que se quiere, lo que se desea, a ultranza, presenta para el narcisista un reverso oscuro de destrucción y autodestrucción. El dolor y la ira que experimenta es descargado en un objeto, en algunos otros casos el sujeto tiende a replegarse de manera extrema, volviendo a un núcleo primario, lejos del mundo y sus tensiones, como es el caso de los hikikomori2 en Japón.
Sabemos que desde los inicios del capitalismo existió una tendencia destructiva, hoy podemos notar que su aroma nos está inundando la realidad. Se desvelan las acciones destructivas, individualistas, el sujeto, con tal de ganarse a sí mismo, ha perdido el pudor. “El capitalismo no las ha inventado (tendencias destructivas), pero sí ha hecho saltar las barreras que las frenaban y favoreció su expresión, a menudo para explotarlas” (Jappe, 2019, p. 248).
Las exigencias del capitalismo son cada día más insoportables —el consumo, la imagen, la identidad, el estatus social, etc.— y pretenden sujetos fuertes capaces de adaptarse a las velocidades de la realidad, pero el narcisista suele ser un sujeto precario, débil, que en vano se esfuerza por reafirmarse. Esto lo desequilibra y aumenta, a la vez, el odio y el resentimiento hacia un blanco inocente. Es decir, deposita su enojo en un chivo expiatorio, ya que no existe un objeto concreto culpable de su frustración, y esto da lugar, por ejemplo, a la homofobia, al racismo, al antisemitismo o al odio a los “corruptos”. Estamos así, en presencia del odio, sin un objeto primario causal, del odio en sí mismo.
Las pulsiones destructivas o de muerte son puestas en escena sin tapujos sobre los otros y sobre él mismo —gran caso es el de Hitler como destructor autodestruido—. Lo notamos, también, en las matanzas masivas escolares, en los atentados, en los femicidios, ya que guardan en común la destrucción del otro y la muerte de uno mismo quien al final de su descarga vuelve sobre sí y se suicida. Bifo Berardi, quien analiza en profundidad el accionar destructivo del narcisista contemporáneo, da cuenta del retorno del odio depositado en un objeto exterior hacia uno mismo; en última instancia, dicha pulsión de muerte se hace efectiva en uno mismo.
“El asesino en masa es alguien que cree en la ley del más fuerte y en que los fuertes ganan en el juego social, pero también sabe o siente que no es el mejor adaptado ni el más fuerte. Así que opta por el único camino posible de venganza y autoafirmación: matar y morir” (Berardi, 2016, p. 23).
El sujeto narcisista de nuestro tiempo es aquel que se afirma a toda costa, aun cuando esta afirmación lo destruya —como el Rey Erisicton que su ambición lo llevó a devorarse a sí mismo— o lo deje solo. Entendemos, así, que esto es acorde al capitalismo y su potencia incompatible con la vida en común.
Jappe indica que este sujeto es el resultado de la crisis humanitaria a la que el capitalismo nos conduce de manera acelerada en estas épocas, donde notamos modos de vida que reducen lo otro al yugo de un gran yo, devorando todo a su paso, desde las catástrofes ecologistas hasta los atentados por sujetos de tendencia fascista sobre grupos “enemigos”. Nuestra cotidianidad tensionada en un “ellos” y “nosotros”; todo apuesta por un tipo de sensibilidad que no puede ser expresada de otro modo más que por el rechazo, la intolerancia y la negación del mundo exterior, pulverizando cualquier expresión o presencia que se enfrente diferente a mí.
Conclusión
Entendemos, entonces, que el sujeto narcisista conduce a una autofagocitación, a explotar todos sus vínculos incluyendo su propia persona. Este sujeto está conducido por el sistema capitalista y sus lógicas, producir ganancias a como dé lugar. Toda la existencia, en este caso, tiene como telos producir riqueza, sea material o en términos placenteros; no habrá posibilidad de soportar la resistencia de un Otro que no quiera someterse a Mí, a mis gustos, a mis pretensiones, a mis caprichos. “Esta es la razón de que podamos decir que el desarrollo histórico del capitalismo ha implicado una tendencia a mercantilizar todas las cosas” (Wallerstein, 2024, p. 13). El mercado garantiza las demandas, por eso es contraproducente quien no contiene las pretensiones del narcisista. La pulsión de muerte se halla ahí donde la resistencia, que siempre se hace presente, amenaza mi ganancia, es decir, disminuye la presencia de tal sujeto narcisista. Destruir o combatir la otredad no es más que el afán por retornar a una mismidad que le da comodidad a la existencia, no es más que reafirmar mi presencia. Es en este sentido que encontramos los desmanes de dicha situación: la realidad que no se ajusta a tales antojos suscita una violencia que puede escalar al punto de la propia eliminación. Si el mercado logra suplir todas mis necesidades y demandas, tal y como las requiero, la experiencia con el mundo exterior, en la formación de este sujeto narcisista, debe ser la misma. Así, la conexión con un Otro debe representar, en primera instancia, una ganancia para mi persona.
Notas
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Este término, acuñado en principio por el antropólogo francés Marcel Mauss, significa “consumir”. El potlatch era un ritual típico de las tribus del noroeste de América del Norte que consiste en invitar a un banquete al jerarca de la tribu rival para que este vea, en un acto de provocación, la destrucción de productos, como el excedente de alimentos, y otros objetos valiosos. Esto obligaba al invitado a llevar adelante un potlatch consumando mayor destrucción de riquezas.
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El psiquiatra japonés Tamaki Saito acuñó por primera vez el término. El término hikikomori se puede traducir etimológicamente: donde “hiki” proviene del verbo retroceder, y la palabra “komoru” se podría traducir como entrar. La psiquiatría japonesa presenta este fenómeno como un trastorno asocial y evitativo que conduce al abandono total de la sociedad. Se presenta en adolescentes japoneses, pero, en los últimos años, el fenómeno se trasladó a distintas partes del mundo.
Bibliografía
- Marx, Karl (1990). El Capital. Ed. Progreso. Rusia.
- Jappe, Anselm (2019). La sociedad autófaga. Ed. Pepitas de Calabaza. España.
- Boltanski, Luc; Chiapello, Éve (2002). El nuevo espíritu del capitalismo. Ed. Akal. España.
- Freud, Sigmund (1979). Obras completas XVIII. Amorrortu Editores. Buenos Aires.
- Berardi, Franco (2016). Héroes, asesinato masivo y suicidio. Ed. Akal. España.
- Wallerstein, Immanuel (2024). El capitalismo histórico. Ed. Siglo XXI. México.