Por
Nicolás Vergara Muñoz
Josefa Montero Fernández
Iñaki Carrasco Álvarez
Vicente Núñez Ramírez

Centro de Estudios y Formación Marxista (CEFM)
@marxistas.cl
cefmarxista@gmail.com

Introducción

En la actualidad —y de manera constante— suele señalarse que el Socialismo, en tanto orden social, económico y político alternativo al Capitalismo, está en crisis, e incluso, que ha perdido vigencia en su lucha por un mundo mejor. Dichos planteamientos no se corresponden con el tiempo actual; más bien, llegan a nuestros días por el impacto que significó la caída de la Unión Soviética en el año 1991 y que, efectivamente, se tradujo en una crisis teórica e intelectual para la Izquierda mundial, dado que la experiencia soviética era concebida como el modelo “real” del Socialismo en la Tierra (1). Sin embargo, el Socialismo no pereció tras este hecho; al contrario, ha seguido vivo en otros países como, por ejemplo, China. En este sentido, sería correcto manifestar actualmente que el Socialismo, lejos de una crisis, se encuentra suspendido y recobrando fuerzas para liberar, una vez más, su energía creadora y transformadora. Pero no solo ello, sino que se encuentra más vigente que nunca producto de las contradicciones, cada vez más fuertes, entre el Capital y el Trabajo, como también, de los antagonismos de clase. Esto en un mundo que se vanagloria de ser Neoliberal, Individualista y Globalizador.

Frente a lo anterior, cabe situar esta disyuntiva en el panorama político e ideológico actual de Chile, en donde el Socialismo, expresado —aparentemente— como alternativa a través del Partido Comunista (PC) y el Partido Socialista (PS), entiende sus bases desde principios y métodos de acción distintos. No obstante, existe cierta reivindicación de un pasado común. Al respecto, Viera-Gallo (2) señala que existen algunos momentos cruciales para el Socialismo chileno en donde comunistas y socialistas convergieron para construir un Programa y proyecto país, tales como la lucha y movimiento obrero, la experiencia del Frente Popular y Gobiernos Radicales (1938-1952), la consolidación del Frente de Acción Popular (FRAP) y, como derivada histórica, la Unidad Popular (UP) y el Gobierno de Allende (1970-1973). Sin embargo, tras el Golpe de Estado de 1973 y la Renovación Socialista en la década de 1980, ha existido una batalla abierta por el legado, o mejor dicho, la herencia de Salvador Allende y la Vía Chilena al Socialismo. Por ello, hemos patentado una reflexión en torno a la vigencia —o no— de la primera experiencia socialista “democrática”, “pacífica” o “electoral”, como se le ha solido denominar.

La cuestión presentada es compleja, empero, sostenemos que la Vía Chilena al Socialismo sigue siendo vigente en tanto siga inspirando las pasiones por la revolución y el Socialismo para construir, hipotéticamente, una “Nueva Vía Chilena al Socialismo” centrada en las condiciones materiales del siglo XXI, así como las necesidades y aspiraciones actuales de la clase trabajadora. Habida cuenta de lo anterior, es necesario mencionar en última instancia que la relevancia del presente escrito, y sus planteamientos, se encuentran directamente relacionados con los tiempos agitados y convulsos en los que vivimos, en donde nuevamente el Socialismo y sus principios humanistas de libertad, igualdad y fraternidad, se posicionan como una alternativa al Capitalismo Neoliberal.

I. Socialismo: Esperanza de la humanidad

El socialismo ha marcado la política desde hace dos siglos. Surgido de la crítica al sistema capitalista, ha animado las luchas de los trabajadores por mejorar sus condiciones de vida, con la esperanza de dar origen a un nuevo sistema de organización de la sociedad en la que los ideales de la revolución francesa pudieran, finalmente, hacerse realidad para todos (3).

Frente a los males del Capitalismo no existe otra alternativa más que el Socialismo, este es el pensamiento y sistema por excelencia en la lucha contra el capital, y por supuesto, también contra quienes lo defienden, es decir, la burguesía, clase social que ha evolucionado sustancialmente desde la Edad Media hasta nuestros días y que, incluso, llegó a luchar contra la tiranía del Antiguo Régimen —por supuesto— para mejorar su condición de clase. Ahora es el turno de los trabajadores, es decir, del proletariado, el volver a tomar las banderas y consignas del Socialismo para mejorar su condición social y económica. No obstante, esta lucha debe hacerse pensando en el nuevo siglo que tenemos por delante, en donde las ciencias y tecnologías han avanzado de manera acelerada, pero también debe rectificar los errores o excesos cometidos en el pasado.

Como bien ya ha sido mencionado anteriormente, vivimos tiempos convulsos y agitados a nivel nacional e internacional. Según García, nos encontramos en un momento o época límite para la sociedad, especialmente la occidental, en donde el Capitalismo Neoliberal ha perpetrado contra la conciencia moral de los trabajadores por medio de la privatización o mercantilización de la vida, pero también contra la democracia e institucionalidad republicana (4). Esto, por intermedio de actores políticos como Donald Trump, Javier Milei y Jair Bolsonaro —podríamos además sumar a Kast— que, desde la Presidencia, han demostrado lo salvaje del discurso y medidas neoliberales a favor de mantener el status quo. A lo anterior, el mismo García lo etiqueta como un “tiempo liminal”, es decir, “el cierre de una época y el inicio de una nueva, pero no como tránsito gradual o una apacible mezcla anfibia. Sino como un vacío, una desesperante ausencia íntima” (5). Y qué duda cabe al respecto cuando en los últimos años se ha evidenciado un aumento progresivo de protestas sociales y ciudadanas para mejorar la calidad de vida de toda la sociedad. Las protestas en Francia de los llamados “chalecos amarillos” (2018), la huelga feminista en España (2018), las protestas en Ecuador (2019) y, por supuesto, el propio Estallido Social del año 2019 en Chile no son casos aislados, representan el descontento general existente contra el actual modelo económico de desarrollo, por ello mismo somos partícipes de un momento socialmente agitado, porque la ciudadanía global ha comenzado a demandar cambios abruptos.

Ahora bien, es cierto que el Socialismo es una alternativa a los males del Capitalismo, empero, este debe reestructurarse desde las lecturas actuales al marxismo a modo de no cometer, nuevamente, los errores del siglo XX. En este sentido, es vital volver a entregarle legitimidad al pensamiento y praxis socialista.

Lo anterior, bajo la idea de que la disolución de la Unión Soviética en 1991 no fue un corte abrupto de la historia en la llamada “Patria Socialista”, más bien, fue el hecho que terminó con un largo proceso de crisis de legitimidad del “socialismo real” que habría iniciado hacia 1970 con la apertura económica de China, la Unidad Popular en Chile, y la expansión de los ideales del Eurocomunismo en Francia e Italia, es decir, procesos que iniciaron una reestructuración, por no decir revisión, de la interpretación clásica marxista con respecto a la construcción del Socialismo. Esto, en consideración de las condiciones objetivas y subjetivas de cada uno de los países mencionados, pero también, apelando al principio internacional de la autodeterminación de los pueblos. Demás está decir que la caída del Socialismo Soviético estuvo motivada por las últimas grandes reformas económicas (Perestroika) y políticas (Glasnot) en tiempos de Gorbachov (1985-1991); la primera buscaba crear un nuevo sistema económico que permitiera la inversión y propiedad privada en la producción, mientras que la segunda, se trataba de crear un nuevo sistema político en donde el peso del Gobierno no estuviera en el Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) y sus órganos internos, más bien, en el aparato estatal, también, planteaba la necesidad de crear asambleas representativas que culminaran en una única asamblea legislativa central que hiciera contrapeso al poder del Ejecutivo. En suma, se trató de un proceso de larga duración que terminó por desencadenar un desequilibrio de poder en la balanza mundial, haciendo creer al mundo que el Capitalismo, y particularmente Estados Unidos, había sido el triunfador de la Guerra Fría (1945-1991).

Sin embargo, tras décadas de desarrollo económico y productivo, e inversión en las ciencias y tecnologías, China ha emergido como el nuevo gran líder y representante del Socialismo en la Tierra, aplicando principios muy diferentes a los de la Unión Soviética en su matriz productiva, y por supuesto, en su línea política en cuanto a la relación o diplomacia con el mundo, pero también, la emergencia de este país ha significado la constitución de un nuevo orden mundial en donde nuevamente es desafiado el carácter capitalista del progreso humano (6).

Según Dall’Orso y Condeza, los actuales problemas del Capitalismo se encuentran en la desigualdad socioeconómica, la cesantía, la pobreza y la crisis climática, no solo a nivel nacional o continental, sino que a nivel global; dichos problemas serían producidos por un orden económico que busca continuamente maximizar la producción y las ganancias (7). En esta misma línea, Arocena reafirma el problema de la crisis climática y la desigualdad, sin embargo, a esta última le asocia el problema de la polarización social, es decir, el cómo la desigualdad termina por afectar y permear a la sociedad de tal manera que frente a cuestionamientos, o descontentos con la institucionalidad democrática, pueda llegar a ser esta misma sociedad quien promueva la violencia como mecanismo de presión.

Siguiendo la crítica hacia el Capitalismo, Arocena señala que:

La ola derechista, autoritaria y aun chovinista debe ser enfrentada ya. Hay que defender como siempre los derechos humanos y también las (más o menos imperfectas) democracias realmente existentes, sumando esfuerzos con toda la gente dispuesta a ello. Pero, para triunfar en las batallas de las ideas y los entusiasmos, difícilmente alcance con estrategias defensivas. Hay que construir proyectos alternativos nuevos que alimenten la multiplicación de la acción colectiva progresista y su creatividad (8).

Es decir, que es profundamente necesario que la Izquierda nuevamente logre converger en torno al ideario socialista, estableciendo un programa claro en donde el foco se encuentre en el medioambiente, el feminismo y la democratización del conocimiento, como también, en la reactivación del movimiento obrero. Dichas propuestas no son nuevas, más bien, responden a lo ya hecho por la socialdemocracia europea de finales de los 90 e inicios de los 2000, la que logró posicionarse progresivamente como una “Tercera Vía”, pero replicando las mismas contradicciones sistémicas del capitalismo, siendo también responsable de esta nueva oleada de derecha.

En definitiva, el Socialismo sigue siendo la única esperanza para la humanidad en su lucha contra el Capital, no obstante, podemos —y debemos— ser artífices de un Socialismo nuevo para el siglo XXI que responda a las demandas y desafíos presentes del tiempo y momento en curso.

II. La Vía Chilena al Socialismo (1970-1973)

El 4 de septiembre de 1970 Chile estuvo bajo la mirada internacional: por primera vez en la historia un Presidente socialista era electo a través de la democracia liberal representativa. Este hecho no era impactante solo por la figura de Salvador Allende siendo elegido Primer Mandatario de la nación, más bien, era un hecho sumamente trascendente por representar un segundo modelo de Socialismo o de tránsito hacia este. Dicho modelo sería conocido como “La Vía Chilena al Socialismo”, que desafortunadamente estuvo cargada de éxitos y fracasos durante su desarrollo en el Gobierno de Allende y la Unidad Popular (1970-1973). No obstante, es una propuesta teórica y práctica que sigue inflamando el corazón de aquellos que aspiran a construir el Socialismo en democracia, y por supuesto, en donde esta última sea constituida como un principio rector del sistema.

Ahora bien, la idea de construir el Socialismo en democracia, o por medio de esta, no fue una innovación en el pensamiento marxista del siglo XX, y mucho menos del socialismo chileno, más bien, se corresponde con un breve comentario expuesto por Engels en su obra “Crítica al Programa de Erfurt” de 1891, en donde expone los nudos críticos de la Socialdemocracia alemana de la época con respecto al avance y emancipación del Capitalismo en el país. Engels señalaría que:

Se puede concebir que la vieja sociedad sería capaz de integrarse pacíficamente en la nueva en los países donde la representación popular concentra en sus manos todo el poder, donde se puede hacer por vía constitucional todo lo que se quiera, siempre que uno cuente con la mayoría del pueblo (9).

Es decir, que la construcción del Socialismo en democracia sería posible, siempre y cuando la Izquierda gobernante tuviera el apoyo mayoritario del pueblo, no solo en el Poder Ejecutivo, sino que también en el Legislativo, apelando a la idea de iniciar los cambios desde la propia institucionalidad. Con respecto a esto, y a nivel nacional, Eugenio González y Humberto Mendoza, ambos militantes del PS, ya habían teorizado hacia finales de la década de 1930 —y con mayor fuerza durante la década de 1940— sobre la necesidad de avanzar hacia un modelo socialista distinto al soviético; por supuesto, este desmarque se debía a las profundas críticas del Partido Socialista chileno con respecto al Estalinismo (10).

De hecho, y tal como ya ha sido señalado anteriormente, la Vía Chilena surge por la crítica hacia el Socialismo soviético con respecto a la burocratización y lo que fue el proceso de desestalinización durante el liderazgo de Kruchev (1953-1964).

Según Moulian, la burocratización de la Unión Soviética habría impedido la construcción de la “Dictadura del Proletariado”, es decir, que el poder político se encontrara socializado entre la clase obrera. En contraposición a esto, se habría establecido una nueva clase política configurada por los militantes del PCUS y sus líderes; en cuanto al proceso de desestalinización, el autor señala que este no se centró en el proceso de la revolución y la construcción de un socialismo post-estalinismo, más bien, se concentró únicamente en analizar y criticar la figura de Stalin, hecho que habría dejado un vacío en la intelectualidad soviética con respecto al rumbo que debía tomar la República Socialista.

Ambos aspectos mencionados fueron los promotores iniciales en la construcción de una nueva vía legítima para erigir el Socialismo. No obstante, dicha vía carecía de los elementos teóricos, por ende, existía un vacío en su conceptualización, y por consecuencia, en el camino a trazar. Por ello, la Vía Chilena al Socialismo fue un proyecto nacido del debate estratégico para acceder al Poder Ejecutivo y controlar el Estado, más no un debate teórico sobre el proyecto en sí.

En relación con la estrategia, Luís Corvalán aclara que la Izquierda chilena durante finales de los 50, y particularmente en la década de 1960, ya venía visualizando la vía armada como la estrategia a seguir para la construcción del Socialismo en el país, hecho que se habría fortalecido tras la Revolución Cubana de 1959. Sin embargo, las críticas hacia el Estalinismo, las condiciones materiales y objetivas de la realidad nacional imponían erigir una “vía no armada” para la conquista del poder político (11). Al respecto, se puede interpretar entonces que tanto la Unidad Popular como la Vía Chilena representan la amplia unidad de la Izquierda nacional hacia finales de los 60, en donde el Partido Comunista y Partido Socialista se reconocerían como las vanguardias revolucionarias del pueblo. No obstante, existían algunos nudos críticos con respecto a esta “revolución desde arriba” (12).

Según Tomás Moulian, José Antonio Viera-Gallo y Patricio Aylwin (13), tanto el Gobierno Popular como la Vía Chilena pecaron de no tener un sustento teórico que refuerce la tesis de construir el Socialismo en democracia, pero también señalan que los problemas internos entre el PC y PS en el Comité Político del Gobierno de la Unidad Popular, junto a la noción de ser una revolución desde arriba, habría comenzado a fragmentar la unidad de la Izquierda con respecto al proyecto en curso.

En relación con esta problemática, el propio Salvador Allende señalaría el 21 de mayo de 1971, ante el Congreso de la República, que:

La tarea es de complejidad extraordinaria porque no hay precedentes en que podamos inspirarnos. Pisamos un camino nuevo; marchamos sin guía por un terreno desconocido; apenas teniendo como brújula nuestra fidelidad al humanismo de todas las épocas —particularmente al humanismo marxista— y teniendo como norte el proyecto de la sociedad que deseamos, inspirada en los anhelos más hondamente enraizados en el pueblo chileno (14).

En otras palabras, y en la línea de lo ya planteado, no existía sustento teórico e histórico detrás de lo que se estaba gestando en el Chile de inicios de los 70. Pese a ello, nuestro país fue sede de un segundo modelo de tránsito hacia el Socialismo, en donde los principios de la libertad, el pluralismo y la democracia fueron fundamentales.

Algo no menor, y de lo cual debemos sentirnos orgullosos.

A 54 años del triunfo de la Unidad Popular, y Salvador Allende, la teorización de una vía no armada y democrática para construir el Socialismo sigue estando presente en el mundo post-Guerra Fría; de hecho, se ha convertido en una especie de base o guía de las organizaciones socialistas a nivel global. Pero, ¿es realmente positivo aquello?

El marxismo, especialmente en sus variantes leninista y maoísta, enseña que la articulación de los movimientos obreros se deben a las condiciones materiales e inmateriales de su tiempo y momento histórico. En este sentido, pareciera ser que hoy el Socialismo global ha sucumbido a las lógicas del liberalismo político progresista, en donde la democracia liberal y sus principios son los que articulan los distintos espacios políticos cívicos e institucionales.

Al respecto, adherimos a la idea de que es necesario que tanto el Socialismo nacional, e internacional, vuelva a correr el cerco del límite de lo posible, es decir, levantar nuevamente el Socialismo como una alternativa al Capitalismo. Para ello, y siguiendo las condiciones actuales, una Nueva Vía Chilena al Socialismo no suena ajeno, ni lejano, ni difícil de construir.

Conclusión

En síntesis, el texto busca mostrar que el Socialismo sigue siendo una opción importante frente a los problemas del Capitalismo Neoliberal. La desigualdad, la precariedad, la crisis climática, la comercialización de la vida y la pérdida de espacios de participación colectiva hacen que se siga debatiendo sobre nuevas formas de organización. Sin embargo, pensar en el Socialismo hoy implica reconocer los errores del pasado y crear una propuesta que responda a las necesidades actuales.

En este contexto, la Unidad Popular y la Vía Chilena al Socialismo son importantes. El proyecto de Salvador Allende fue un intento de avanzar hacia el Socialismo por medio de instituciones democráticas, el pluralismo y la participación, sin tener un marco teórico claro y enfrentando tensiones dentro de la Izquierda, especialmente entre el Partido Comunista y el Partido Socialista. Además, era difícil transformar la estructura social desde dentro. A pesar de esto, su importancia histórica no se pierde. Lo que vivió Allende abrió un debate que sigue vigente: cómo construir una sociedad socialista incorporando mecanismos y herramientas democráticas según las necesidades de cada país.

Por ello, la Unidad Popular no debe verse solo como algo del pasado, su inspiración para hoy está en su deseo de cambiar la sociedad y erigir el socialismo como alternativa al régimen capitalista. La experiencia de Allende muestra que para construir dicho proyecto alternativo es necesario ganar el poder político, contar con una propuesta que logre movilizar a la sociedad y unir las ideas de la clase trabajadora, pero también, asumir que el conflicto entre clases es inevitable y hay que estar preparado para ello. En este sentido, su legado puede servir como base para pensar nuevas formas de transformación, sin copiar lo que se hizo en los años setenta. La importancia de la Unidad Popular no está en repetir lo que se intentó hace mucho tiempo, sino en recordar su capacidad de imaginar lo imposible y llevar el debate político más allá de lo establecido. En una época de grandes desigualdades y cuestionamientos al sistema económico, la experiencia chilena sigue inspirando la posibilidad de crear un proyecto que ponga en el centro la dignidad humana, igualdad, libertad y la participación de quienes han sido excluidos.

Hablar de una Nueva Vía Chilena al Socialismo significa tomar su impulso transformador y adaptarlo a los desafíos de hoy. Así, la Unidad Popular sigue viva no solo como memoria histórica, sino también como una pregunta sobre el futuro: cómo cambiar la sociedad, cómo ampliar lo que se cree posible y cómo construir, desde el presente, un proyecto político que coloque la igualdad y la emancipación social en el centro de la acción colectiva.

Referencias bibliográficas

  1. Elgueta, B. (2018). El socialismo en Chile. Una herencia yacente. Tiempo Robado Editoras. (Trabajo original publicado en 2007).

  2. Viera-Gallo, J. A. (2022). El socialismo en la encrucijada: Reflexiones a partir del caso chileno. En C. Brundenius & S. Bitar. (Eds.), Socialismo democrático en el nuevo siglo. Opciones para América Latina (pp. 149-194). Catalonia.

  3. Viera-Gallo, J. A. (2022). El socialismo en la encrucijada: Reflexiones…, p. 149.

  4. García, A. (2023). Izquierdas y neofacismo. Pehuén.

  5. García, A. (2023). Izquierdas y neofacismo…, p. 19.

  6. Arocena, R. (2022). Socialismo de ayer, hoy y mañana. En C. Brundenius & S. Bitar. (Eds.), Socialismo democrático en el nuevo siglo. Opciones para América Latina (pp. 481-504). Catalonia.; Ciafardini, M. (2022). La continuidad de la historia: Explicación marxista del fenómeno de la República Popular China. Actualizaciones en materialismo histórico. Ediciones Luxemburg.

  7. Dall’Orso, A., & Condeza, E. (2019). Vigencia del socialismo. “Y Marx tenía razón”. Editorial Cuarto Propio.

  8. Arocena, R. (2022). Socialismo de ayer, hoy y mañana…, p. 501.

  9. Mansuy, D. (2023). Salvador Allende. La izquierda chilena y la Unidad Popular. Taurus…, p. 39.

  10. Moulian, T. (1998). Conversación interrumpida con Allende. LOM Ediciones.

  11. Corvalán, L. (2003). El Gobierno de Salvador Allende. LOM Ediciones.

  12. Moulian, T. (2006). Fracturas. De Pedro Aguirre Cerda a Salvador Allende (1938-1973). LOM Ediciones.

  13. Aylwin, P. (2023). La experiencia política de la Unidad Popular. La Democracia Cristiana durante el gobierno de Salvador Allende. Debate.

  14. Allende, S. (2014). La vía chilena al socialismo. Ediciones Espartaco…, p. 46.

  15. Ballesteros, C. (28 de octubre de 2015). “No hay herederos de Allende en el continente”. El País. https://elpais.com/internacional/2015/10/27/america/1445977894_972053.html